martes, 7 de julio de 2015

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Cristóbulo había vivido toda su vida en el campo, en el pueblo El Encuentro, llamado así porque era el punto de encuentro de las diferentes cuadrillas que se adentraban en la selva por dos o tres meses a aserrar madera. Inicialmente fue un campamento y allí llegaba el proveedor y dejaba la encomienda a cada cuadrilla semanalmente. Dicha encomienda consistía en víveres como aceite, arroz, sal, panela, tabaco y fósforos principalmente. Luego alguien de la cuadrilla salía de la selva, recogía su encomienda y regresaba a su trabajo, que consistía en seleccionar los árboles más viejos o maduros, tumbarlos y aserrarlos en el mismo lugar. Cedro, caoba, mazábalo, ceiba, caracolí.
Del árbol se aserraban primero los listones y después las tablas. La labor de aserrar se hacía a fuerza de pulmón, con sierras manuales que eran enormes serruchos como de dos metros de largo. El tronco se montaba en otro tronco o sobre un burro de madera; Un aserrador se ubicaba encima del tronco y el otro se ubicaba debajo, de manera que uno empujaba la sierra mientras el otro jalaba y viceversa.
Era una dura y tediosa labor que se iniciaba poco después de despuntar el alba y finalizaba antes del crepúsculo, para aprovechar los últimos rayos del sol en preparar los alimentos y asegurar el sitio donde se dormiría. En lugares como esos, la única manera de saber la hora es analizando la madre naturaleza, porque en el campo, son las aves las que más alegría manifiestan por la llegada de un nuevo día, tal vez dando gracias por no haber sido la merienda de algún depredador. En la tarde, los que anuncian la
proximidad de la noche son los monos y los micos que forman tremenda algazara, quizá pensando que sea la última que hagan. Pero también hay otros animales que parece tuvieran un reloj biológico, como el alcaraván que en la tarde canta preciso a cada hora; o la guacharaca que anuncia la caída de la tarde con su
canto escandaloso que se escucha a varios kilómetros en la soledad del campo.
Estos aserradores se parecían a los árboles que talaban, eran hombres de temple, como todo campesino, que no se amilanan ante nada, pero que conocían muy bien la prudencia. Sabían cuando enfrentar los retos y cuando guardar la distancia o emprender la retirada.
A pesar de que cada pueblo tiene su propia historia de ultratumba y son numerosos los cuentos de espantos, sobre todo en Semana Santa, ellos se sentían relativamente tranquilos en esa oscuridad de la selva, tan densa que, como el aire, parecía que se pudiera palpar.
Aprendían a conocer los sonidos de la selva y se les agudizaba tanto el oído, que distinguían el deslizamiento de las serpientes de las pisadas de pezuñas del ñeque o del acecho de un tigre.
Finalizada la tarea de aserrar, venía el acarreo de la madera a lomo de mulas hasta el campamento base, de donde el proveedor la llevaría hasta el sitio. Si había algún río cercano, este era el medio de transporte, tirando la madera río abajo.
Pero a pesar de tantas precauciones de los campesinos, como seleccionar los árboles y talarlos en la fase de la luna correcta para que la madera fuera impecable, las exigencias de producción eran mayores y los bosques empezaron a desaparecer, así que en los campamentos se quedaban varias familias que iniciaban
el desmonte y colonización del lugar. Así fue como nació el pueblo de El Encuentro, hacía ya tres generaciones.
Cristo, como abreviaban su nombre en la familia, apreció el campo desde su niñez y aprendió a disfrutar la vida en el terruño de su padre. Era muy feliz con las cosas sencillas y a la vez maravillosas que la vida campesina le ofrecía. Cada familia cultivaba lo mismo que los demás y todos obtenían lo indispensable de la tierra para vivir. Cultivaban el plátano, la yuca, el ñame, el arroz y el maíz, la caña y el cacao. Se criaban gallinas y cocás, patos, pavos y cerdos.
Las frutas se daban silvestres: limones, mangos, chirimoyas, aguacate, zapote, mamey, caimito, mamón, tamarindo, níspero, guindas y otras.
Algunas familias tenían varias reses. Eran felices en su tierra y a nadie se le había ocurrido salir a otros lares, a no ser por razones de graves enfermedades, asuntos de negocio o alguna visita familiar.
Cristo era un hombre de buen comer, comía absolutamente de todo. Su padre tuvo muchos contratiempos y disputas con él por su costumbre de querer probar las cosas cuando le decían que no se podían comer, pues no aceptaba esas negaciones y quería saber el por qué. Un día lo pasó muy mal por haber tomado la leche del papayo con agua de azúcar, lo que le desencadenó una diarrea y quemadura en los labios. O la vomitada mayúscula que tuvo por jactarse de semillas de camajón. O la vez que lo llevaron al sitio, donde el médico, pues tenía varios días que no defecaba a pesar de todos los remedios aplicados. Se había comido varias semillas de guásimo untadas con resina del mismo árbol.
Así, con ese método de error y ensayo y preguntando a cuanta persona sabía algo de hierbas, había desarrollado un conocimiento empírico de botánica, por lo que en el pueblo se le tenía como un buen yerbatero. Pero su mujer enfermó y después de algún tiempo de tratarla, comprendió que no tenía suficientes conocimientos para curarla y con gran desilusión aceptó que viajara hasta el sitio para que la viera un yerbatero estudiado, como él llamaba a los médicos de la ciudad.
Después de dejar todo en orden, a los ocho días también viajó para enterarse del progreso en la salud de su mujer. Al igual que “el compae Menejo”, en la canción de Calixto Ochoa con los Corraleros de Majagual, quedó muy asombrado con tantos artefactos raros tanto en las casas como en las calles. Se alojó en casa de unos familiares de su mujer, quienes lo enteraron del adelanto en la salud de ella. Tendría que esperar hasta el día siguiente para visitarla.
La tarde la pasó a solas con la muchacha del servicio, charlando en la cocina.
-¿Y eso pa’qué e?- preguntaba.
-Se llama nevera y sirve para guardar los alimentos y enfriar el agua. ¿Quiere un poco de agua fría?- Él
asintió con la cabeza.
-¿Y esos huevos?
-Ahí se conservan mejor- contestó la muchacha.
-¿Y no es mejó que los guadde la gallina? Mire esa cadne, eso mejó se relaja, se sala y se asolea.
Para Cristo era fastidioso ver todos esos absurdos de la civilización. Cuando comió en compañía de la chica, su desilusión fue grande y una fuerte nostalgia se apoderó de él. Ese arroz no sabía a nada. En su pueblo el aroma del arroz, como el del café, se sentía a leguas. El arroz se hacía con coco o manteca de puerco. Murmuró también porque el mote de ñame no tenía ni ñame ni queso. La muchacha le aclaró que eso era puré de papas.
Durmió en el cuarto de la chica y ésta le dijo que si tenía calor prendiera el abanico. Se sentó en el borde de la cama y la palpó.
-Muy blandita. Ecto me va a fregá el etpinazo.
El cuarto quedó totalmente a oscuras. No durmió bien pues despertaba constantemente al cambiar de posición el cuerpo. Extrañaba su estera sobre las tablas de su cama, que no chirriaba ni siquiera cuando él intercambiaba poses con su mujer, pero esta cama lo desesperaba con tantos ruidos.
Se despertó a la hora de costumbre, pero algo andaba mal. No escuchó el primer canto del gallo, ni el segundo ni ninguno.
-¿Qué pasaría, acaso alacgaron la noche?
Había un profundo silencio. De pronto, un desagradable ruido cerca de su cabeza lo sobresaltó y como nunca había escuchado un animal que chillara así, le lanzó un puñetazo. El ruido de vidrios rotos del despertador alarmó a la chica en el cuarto contiguo, quien entró y prendió el foco, encontrando a Cristo de pie y con el aro del reloj introducido hasta el codo y el motor eléctrico fuertemente asido con su mano derecha.
La muchacha se le acercó y al agarrarlo por la muñeca para quitarle el reloj, recibió una fuerte descarga
eléctrica que la lanzó contra la puerta. Cristo seguía de pie sin moverse y sin hablar. La chica salió del
cuarto con los pelos de punta, más que todo por el susto, cuando entraban la señora de la casa y su marido,
atraídos por el ruido en el cuarto del huésped.
-¡Se electrocutó! ¡Se electrocutó! Gritaba la muchacha.
-¡Cálmate mujer y dinos qué es lo que pasa!- dijo la señora.
-Entre usted y véalo- dijo la chica, más serena.
La señora entró, se acercó a Cristo y al tocarlo para preguntarle qué le pasaba, también recibió un
correntazo.
-Mijo, pasa corriente como la vieja lavadora, como que está electrocutado.
El señor rodeó el cuerpo del huésped, agarró el cordón del reloj y tiró de él. Al instante Cristo reaccionó y
dijo:
-¿Qué ectá pasando aquí?
2
El esposo de la señora de la casa se fue para su oficina donde ejercía como arquitecto, muy preocupado e
intrigado por el accidente de su huésped. De manera que se acercó a la oficina de su compañero, el
ingeniero eléctrico de la compañía y le contó sus inquietudes. Este le contestó que sí, que visto así como él
lo narraba parecía un fenómeno extraño, porque la corriente eléctrica no se presta para juegos, es muy
peligrosa y que, además, habría que analizar otros factores que ayudaran a entender por qué el señor salió
tan ileso del percance.
-Estaba descalzo sobre el piso- aclaró el arquitecto.
-Lo dicho, es un extraño fenómeno y valdría la pena analizarlo.
-Lo haremos esta tarde, acompáñame al hospital- acordó el arquitecto.
Cristo estaba contento por la recuperación de su mujer, le había observado el color de la piel y de los ojos,
había palpado también el abdomen con suaves golpecitos de tambor y no estaba aventada. Sí, el yerbatero
estudiado había hecho un buen trabajo. Este le dijo que dos días más y se podía llevar a su compañera a
casa, que sus tomas medicinales sí habían ayudado a contener una fuerte inflamación hepática.
Cristo fue invitado por el arquitecto y el ingeniero a un consultorio aparte, donde un médico que ya había
sido enterado del asunto, lo esperaba para que los tres le entrevistaran acerca del accidente del reloj.
-Queremos saber acerca del percance que tuvo en el cuarto y por qué no sintió nada.
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-Yo sí sentí como un cocquilleo, pero más na’- aclaró Cristo.
Entonces el ingeniero empezó a explicarle el fenómeno de la corriente eléctrica y cómo ésta afecta el
organismo. El médico tomó la palabra.
-Usted comprenderá que si soportó esa descarga eléctrica sin sufrir daño aparentemente, es porque usted
tiene algo especial en su organismo que le permite aislarse de ella
-la vetda es que no entiendo mayodcosa, pero si puedo ayudá ectá bien.
-Entonces mañana haremos esas pruebas- citó el médico.
Al día siguiente Cristo desayunó bien, le habían preparado yuca, ñame y plátano cocido, medía libra de
queso y una jarra de jugo de naranja. La bolsa de leche la rechazó tan pronto la probó porque la habían
pasado de agua, según dijo.
Una hora después estaba con los tres profesionales en el mismo consultorio del día anterior, pero que
ahora tenía además, varios equipos de prueba.
La noticia de esas pruebas se había colado y la prensa daba cuenta de ella. A Cristo se le conocía ya como
“el hombre aislante”.
El aire acondicionado del consultorio mantenía la temperatura a 20 grados centígrados. Una enfermera le
tomó la presión, pero se mostró reacio a entregar una muestra de orina por vergüenza con la enfermera y
la muestra de sangre por temor al pinchazo.
-Señorita, necesito esos resultados para ya- solicitó el médico, al tiempo que le pedía a Cristo que se
quitara las abarcas.
De una máquina dispuesta para tales pruebas, salían dos cables que terminaban en dos tubos de cobre
como de unos diez centímetros de largo; eran los electrodos. El médico explicaba:
-Esta es una dínamo que genera una tensión desde unos cuantos voltios hasta 150 voltios, pero a un
régimen de corriente muy bajo, unos cuantos miliamperios. Cristo agarrará un electrodo y el otro lo pisará;
yo activo la máquina y el ingeniero leerá en voz alta la tensión que indica el instrumento.
Así iniciaron la experiencia.
-20, 30, 40...
No pasaba nada con Cristo.
-50, 60, 70...
Nada.
-80, 90, 100...
Cristo permanecía impasible, no así el médico y el ingeniero que ya empezaban a ponerse nerviosos, pues
sabían que la mayoría de las personas soltaban el electrodo cuando la tensión alcanzaba los 50 o 60
voltios. El médico, un poco agitado por el esfuerzo, continuaba girando la manivela de la dínamo.
-130, 140, 150...
-¿Se siente bien?- casi gritó el médico- Cristo asintió con la cabeza.
El médico mantuvo por un poco más la salida alta de la máquina, pero como nunca la habían usado a ese
nivel por tanto tiempo, empezó a echar humo y hubo que correr a desactivarla.
-¿Se siente bien?- insistía el médico.
-Sí- respondió Cristo sin soltar aún el electrodo.
-¡Increíble!- se admiraba el ingeniero, mientras le quitaba el electrodo a Cristo.
-Probemos con el tomacorriente de la pared- propuso el arquitecto.
-No, eso podría ser peligroso, ya que ahí se puede desarrollar una corriente muy alta- dijo el ingeniero.
-Pero si eso fue lo que agarró en el cuarto- insistió el arquitecto.
-Está bien, intentémoslo- propuso el médico.
Enchufaron un solo cable en la fase viva del tomacorriente; Cristo, de pie y descalzo, recibió el otro
extremo. Inmediatamente después de enchufar, el médico preguntó si estaba bien y como no le respondió
tiró enseguida del cable.
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-¿Está bien?- volvió a interrogar.
-Sí- contestó.
-Esto es totalmente increíble- comentó el ingeniero.
El médico propuso suspender las pruebas y hacerle algunas preguntas a Cristo, referentes a su forma de
vida y tipo de alimentación, para ver si conseguía alguna luz que les ayudara a entender el fenómeno.
-Yo me levanto a las cuatro de la mañana, otdeño unas 10 vacas en el corrá detrá de la casa, desayuno con
arró amanecío, yuca, ñame y plátano cocío, cadne o petcao, o queso y leche recién ordeñá. Luego me
pongo las abadcas, cojo mi mochila, mi machete, el hacha y me ladgo a mis labores atmonte, a desmontá,
limpiá a machete, sembrá o recogé cosecha y toeso.
-¿Hay en su comida algo especial o come de alguna fruta rara?
-No, lo común. ¡Ah! Me gucta mucho desde pelao la semilla del guásimo untá con la resina de su codteza.
-Bien- dijo el médico- ingeniero, usted se encargará de averiguar todo lo que pueda tener relación con la
corriente y el cuerpo humano. Arquitecto, usted averiguará todo lo concerniente al guásimo. Por mi parte,
practicaré una biopsia a Cristo para ver que encontramos. Nos vemos mañana.
Esa prueba de la biopsia no fue del agrado de Cristo, que sólo aceptó le cortaran medio del centímetro de
uña que le sobresalían en los dedos del pie. Tampoco para la enfermera fue agradable tomar esa muestra.
Al mediodía las agencias internacionales de noticias informaron al mundo de la existencia de un hombre
que había demostrado, bajo pruebas de laboratorio, que era capaz de soportar altas descargas de corriente
y de bloquearla como cualquier aislante eléctrico.
Al día siguiente el hospital era un alboroto total. Periodistas y camarógrafos deambulaban por todas las
dependencias preguntando cuál era la habitación del hombre aislante.
El médico estaba muy enojado con la enfermera por haber comentado el asunto. La dirección del hospital
lo había llamado a cuentas censurándolo por haber hecho ese experimento sin notificarlo a ellos, poniendo
de esa manera en riesgo el prestigio y buen nombre de la institución. Pero el director cambió rápidamente
de parecer y se fue en elogios con el doctor, después de recibir varias llamadas de prestigiosas
instituciones mundiales interesadas en ese asunto, así como grandes empresas multinacionales productoras
de elementos aislantes de electricidad como guantes, buzos, herramientas, etc. Hasta la misma Agencia
Espacial Norteamericana había enviado ya su representante para conseguir los derechos y exclusividad del
asunto.
Una vez que salió de la dirección, el médico, más animado, se dirigió al consultorio donde ya lo esperaban
sus amigos y se dispusieron a rendir cada uno su informe. Cristo sólo escuchaba.
-Bueno, yo revisé cientos de páginas en Internet y no conseguí mayor cosa acerca del guásimo, a no ser lo
referente a la planta como tipo de hojas, tipo de madera, el clima donde se da y más nada. Ah, en un portal
que debe ser de aquí de la región, encontré fue un chiste sobre el guásimo y creo, doctor, que usted debe
saberlo.
-No, no lo sé.
-Bien, verá. Dice que un hombre enfermo fue donde el médico porque tenía hinchazón en todo el cuerpo.
Este lo examinó y le recomendó cogiera la raíz del guásimo, la picara bien picada, la cocinara y tomara
tres tazas de ese zumo tres veces al día y que regresara a las 72 horas. Así lo hizo el tipo y regresó al
tiempo señalado, más hinchado y más enfermo. Entonces el médico le dijo que hiciera lo mismo pero con
la corteza del guásimo y regresara a los tres días. Así fue, pero el enfermo regresó peor, por lo que el
doctor le recetó entonces lo mismo pero ahora con el cogollo del guásimo y bien picadito. A los tres días
se presentó al consultorio la mujer del enfermo y le dijo al médico que su marido había muerto. ¿Sabe que
le dijo el médico a la señora?
-No sé ¿qué dijo?- Respondió el médico.
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¡Caramba, definitivamente el guásimo no sirve para un carajo!
El chiste no le hizo ninguna gracia al médico, pero los otros tres se toteaban de la risa. Un poco
compungido pidió al ingeniero que le comentara lo investigado y este, todavía risueño, tomó la palabra.-
_O.K. Después de revisar mucha información al respecto, encontré en un viejo tratado de medicina
forense, unos comentarios muy interesantes. Definitivamente la electricidad es muy peligrosa, pero no
tanto como el guásimo.
Risotadas en el consultorio. El médico disgustado pidió más seriedad.
-Disculpen. Continuo. Cuando entramos en contacto con ella, la electricidad nos afecta el cerebro, el
corazón, los pulmones y los músculos. Ahora, en cuanto a sí es mortal, eso depende de varios factores
como el nivel del voltaje, la intensidad de la corriente que pase y la resistencia del cuerpo en ese
momento. Ahí también se comenta que en los Estados Unidos se hicieron muchas experiencias con los
condenados a muerte por elecrtroejecución. Se comprobó que las tensiones entre 100 y 1.000 voltios son
las más letales. En cambio las comprendidas entre 4.000 y 5.000 voltios o más, no siempre son mortales,
pero si producen grandes quemaduras.
Claro que hay otros factores que pueden hacer que el cuerpo sea más conductor, como por ejemplo, el
sudor.
En ese momento entró la enfermera y entregó al médico los resultados de los análisis de las muestras. El
médico los leyó y comentó.
-Nada, no dicen nada. Todo es normal.
-Entonces sigo- dijo el ingeniero- decía que cuando el cuerpo entra en contacto con la corriente, si la piel
está húmeda pasa más corriente que cuando está seca y si está sudada la persona es peor, porque el sudor
es salitroso. También tenemos otros factores a tener en cuenta como la callosidad de las manos…
-¡Eso es doctor, eso es!- gritó la enfermera.
-Señorita, compórtese- protestó el médico.
-Disculpe doctor, pero esa es la razón para que a este señor no le pase la corriente. Mírele los pies y las
manos, tiene como un centímetro de grosor la piel callosa de las plantas de los pies y como medio
centímetro en la palma de las manos.
Los tres profesionales quedaron asombrados, pues en ningún momento habían puesto atención a la
apariencia de Cristo, empecinados en buscar una explicación científica a su resistencia a la corriente
eléctrica.
-Yo les hubiera aclarado el fenómeno- dijo la mujer de Cristo entrando en el consultorio- Pregúntemelo a
mí que todas las noches cuando se acuesta a mi lado siento sus pies como si fueran cascos y sus caricias
como si fueran con papel de lija doble cero, pero con ternura y amor como lo hacen los hombres del
campo- Terminó diciendo la señora al tiempo que abrazaba a su marido.
FIN
PD: Favor dejar su comentario.
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